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La historia secreta del niño costero 2017 que el Perú olvidó.

Más de 100 mil damnificados. 75 fallecidos. 157 mil viviendas afectadas. 1.900 kilómetros de carreteras destruidas. 159 puentes colapsados. Ese fue el saldo que dejó el Niño Costero del 2017, una de las peores tragedias climáticas que ha vivido el Perú desde la década de los noventa.Pero las cifras nunca cuentan la verdadera historia.

La historia empezó con una llamada.El 18 de marzo de 2017, a las 7:00 p.m., sonó mi teléfono. La llamada venía desde Palacio de Gobierno.

—“Hola, Luis Eduardo. Ustedes la llevan. Mira Canal N… se está desbordando todo”.

No era una advertencia. Era el inicio de una crisis nacional.Minutos después fui convocado a la oficina del entonces ministro de Transportes. La orden ya había sido dada desde Palacio: había que reaccionar de inmediato. El país comenzaba a romperse en tiempo real.

Cada pocas horas llegaban nuevos reportes: puentes destruidos por huaycos, carreteras desaparecidas, quebradas que volvían a activarse después de más de quince años sin registrar agua. Las imágenes eran aterradoras: pueblos aislados, familias atrapadas, autoridades locales desbordadas y ciudadanos pidiendo ayuda desesperadamente.

La pregunta era brutalmente simple: ¿Por dónde empezar cuando todo el país es una emergencia?

El Cuarto de Guerra

Esa misma noche se instaló un “war room”, un cuarto de guerra, en el piso 12 del Ministerio de Transportes y Comunicaciones. No había tiempo para protocolos ni para esperar la instalación formal del COEN, intervenciones posteriores como “Una Sola fuerza” u otros espacios que después serían fundamentales. La emergencia avanzaba más rápido que el Estado.

Gracias al equipo técnico del ministerio y del Viceministerio de Transportes, se diseñó en horas un sistema de respuesta inmediata:

Monitoreo en vivo de carreteras interrumpidas, quebradas activas y zonas en riesgo.

Creación de chats regionales que integraban alcaldes, gobernadores, técnicos del Estado y actores privados.

Designación de un ministro responsable por región para coordinar directamente en territorio.

Priorización diaria de necesidades logísticas: puentes Bailey, maquinaria pesada, barreras y señalización.

Estrategia de comunicación social para generar orden y confianza en medio del caos.

Coordinación operativa entre autoridades locales para destrabar conflictos políticos que impedían usar maquinaria disponible.

Trabajo permanente con las Fuerzas Armadas, claves para el traslado de personal y ayuda humanitaria.

Articulación constante con la PCM y Palacio de Gobierno para alinear decisiones y mensajes.

Dormir en helicópteros

Durante más de 30 días, decenas de funcionarios viajamos todos los días desde las cinco de la mañana. El descanso era un lujo inexistente. Dormíamos pequeños lapsos dentro de helicópteros, pese al ruido ensordecedor de las hélices. El cansancio dejó de ser físico. Se volvió psicológico.

Las imágenes se acumulaban: pueblos devastados cuyos habitantes se negaban a abandonarlo todo, infraestructuras supuestamente sólidas reducidas a escombros por lluvias y malas prácticas, ciudadanos furiosos contra cualquier símbolo del Estado.

También apareció una verdad incómoda: muchos gobiernos locales y regionales no habían ejecutado recursos destinados a prevención y descolmatación. Mientras el desastre avanzaba, algunos pedían más presupuesto sin haber usado el que ya tenían. Aun así, hacia abril de ese año, el plan de contingencia nacido en aquel war room logró contener la emergencia inmediata.El país empezaba lentamente a respirar.

Hoy, nuevamente, vemos acercarse al Niño Costero.Y la pregunta ya no es climática. Es política y administrativa.

El Estado peruano sí aprendió cosas en 2017. Existe experiencia acumulada, conocimiento operativo y funcionarios que vivieron esa crisis desde la primera línea y que aún trabajan dentro del Ejecutivo. Lo urgente hoy no es inventar soluciones nuevas sino transferir ese conocimiento.

El Perú no necesita “eurekas” ni improvisaciones cada vez que llueve. Tiene know-how probado que puede adaptarse a la emergencia actual. El Fenómeno del Niño no debería convertirse, cada cierto tiempo, en una tragedia inevitable. Porque el fenómeno natural puede ser inevitable, más las “emergencias” con gestión y prevención son completamente manejables.

Luis Eduardo Cisneros Méndez